El ascensor se detuvo con un chirrido metálico que le heló la sangre. Las puertas se abrieron lentamente, como si el tiempo quisiera torturarla un segundo más. Lenna salió al pasillo con pasos que apenas podía sostener. La luz tenue de las lámparas de emergencia dibujaba sombras alargadas en las paredes, y el silencio era tan denso que podía escuchar los latidos de su propio corazón.
La puerta de la oficina de Juan Diego estaba entreabierta. Una luz cálida se filtraba por la rendija, y con ella