El edificio abandonado olía a humedad, a polvo, a tiempo detenido. Las paredes estaban cubiertas de grafitis viejos y manchas de humedad que trepaban hasta el techo como dedos acusadores. La luz entraba a través de las ventanas rotas, dibujando sombras alargadas en el suelo de cemento. En el centro, atada a una silla oxidada, estaba Lenna. Tenía las manos atadas a la espalda, una cinta adhesiva sobre la boca, los ojos abiertos de par en par. Su ropa deportiva estaba manchada de polvo. Su gorra