La luz de la mañana entraba por los ventanales de la habitación cuando Juan Diego abrió los ojos. El espacio a su lado estaba vacío. Las sábanas, frías. Lenna no estaba. Se incorporó de golpe, con el corazón latiéndole con fuerza. Miró el reloj. Las siete de la mañana. Ella solía levantarse temprano para trotar, pero siempre volvía antes de que él despertara. Siempre.
—¿Lenna? —llamó, con la voz ronca.
Silencio.
Se levantó de la cama, se puso una bata, y salió al pasillo. La casa estaba en sile