La puerta del edificio abandonado crujió cuando Anika y Fabián salieron. El sol de la mañana les dio en la cara, cegándolos por un instante. El polvo del camino se levantaba bajo sus pies, y el viento movía las ramas de los árboles secos que rodeaban el lugar. Anika llevaba a Mateo en brazos, apretado contra su pecho, envuelto en la manta azul que siempre usaba. El bebé estaba despierto, con sus ojitos negros y curiosos mirando todo a su alrededor, moviendo los bracitos, ajeno a la tormenta que