El trayecto hasta la comisaría se hizo eterno. Daniela iba sentada en el asiento trasero del patrullero, envuelta en la chaqueta de Thomas, con las manos temblorosas apretadas sobre su regazo. Él no dejó de mirarla en ningún momento, girado ligeramente hacia ella, como si temiera que al apartar la vista pudiera perderla.
—Respira conmigo —le dijo en voz baja—. Mírame, Daniela. Ya pasó.
Ella asintió, pero el temblor no cesaba. Cada vez que cerraba los ojos sentía de nuevo las manos en su cuello,