Thomas llevaba días sin pisar la mansión. Aun así, cuando empujó la puerta grande y entró, lo hizo con la misma seguridad de siempre, aunque por dentro todo estuviera revuelto. El eco de sus pasos se extendió por el vestíbulo amplio, pulcro, demasiado silencioso. No había risas, ni voces elevadas, ni el sonido habitual de los cubiertos o de algún criado cruzando de un lado a otro. Era una calma tensa, de esas que aprietan el pecho.
Avanzó sin quitarse el abrigo, atravesando los pasillos ilumina