La puerta del ascensor se había cerrado hacía apenas unos minutos cuando el silencio volvió a adueñarse del piso treinta y cuatro. Un silencio distinto, más denso, cargado de lo que no se había dicho durante la reunión.
Daniela permanecía de pie junto a la mesa, acomodando papeles que no necesitaban orden. Era solo una excusa para mantener las manos ocupadas. Thomas la observaba desde el otro lado de la oficina, apoyado en el borde de su escritorio, con la chaqueta abierta y la mirada fija en ella.
—Ven —dijo al fin.
Daniela levantó la vista. No preguntó. Caminó hacia él.
Thomas la tomó por la cintura en cuanto estuvo cerca, atrayéndola con un gesto natural, como si el mundo exterior no existiera.
—¿Qué te parece si hoy pedimos unas pizzas y nos quedamos desnudos en tu sofá? —murmuró, con una sonrisa ladeada, apoyando la frente contra la de ella.
Daniela soltó una risa suave, sorprendida pero encantada. Pasó los brazos alrededor de su cuello.
—Esa idea me parece muy tentadora… y me gu