Daniela llegó alrededor de las siete de la mañana. El edificio ya comenzaba a despertar, pero aún conservaba ese silencio controlado de las primeras horas. Caminó hasta su escritorio y, antes de dejar el bolso, miró a través del cristal que lo separaba de la oficina de Thomas.
Él estaba adentro, de pie, charlando con un hombre que Daniela no conocía. Ambos parecían concentrados, con gestos serios, profesionales. Daniela dejó su bolso sobre la mesa, acomodó distraídamente una carpeta y dio dos toques suaves en la puerta.
Thomas levantó la mirada de inmediato y le hizo una señal con la mano para que entrara.
—Buenos días, señor Thomas —dijo Daniela con voz correcta—. Traeré unos cafés.
—Buenos días, Daniela —respondió él—. Él es Oscar, mi abogado.
Daniela asintió con educación.
—Mucho gusto —dijo.
—El gusto es mío —respondió Oscar con cordialidad.
Daniela no se quedó más tiempo. Salió de la oficina y se dirigió a la máquina de café, concentrada en su tarea, intentando no pensar en nada