El lunes amaneció gris y silencioso, como si la ciudad misma contuviera el aliento.
Thomas llegó a la oficina antes de las siete. El edificio aún dormía, con las luces mínimas encendidas y el eco de sus pasos resonando en el pasillo del piso treinta y cuatro. Dejó el abrigo sobre el respaldo de la silla, se aflojó el nudo de la corbata y encendió la lámpara de su escritorio. Tenía informes abiertos, correos sin responder y una tensión instalada en el pecho que no lograba sacudirse desde que vol