Daniela se sentía avergonzada de tener a su jefe en su departamento. Desde el momento en que cerró la puerta tras ellos, el silencio del lugar se le hizo demasiado evidente, casi intimidante. El pequeño apartamento estaba tenuemente iluminado por una lámpara de pie junto al sofá, y ese ambiente íntimo la hizo sentirse aún más consciente de cada movimiento, de cada respiración compartida.
—Le traeré una toalla para que pueda darse una ducha y descansar —dijo al fin, rompiendo el silencio, con la