Daniela se sentía avergonzada de tener a su jefe en su departamento. Desde el momento en que cerró la puerta tras ellos, el silencio del lugar se le hizo demasiado evidente, casi intimidante. El pequeño apartamento estaba tenuemente iluminado por una lámpara de pie junto al sofá, y ese ambiente íntimo la hizo sentirse aún más consciente de cada movimiento, de cada respiración compartida.
—Le traeré una toalla para que pueda darse una ducha y descansar —dijo al fin, rompiendo el silencio, con la voz un poco más baja de lo habitual—. Tengo otra habitación para invitados.
Se giró con la intención de ir hacia el pasillo, pero no alcanzó a dar más de dos pasos cuando Thomas le tomó la mano. El contacto fue firme, seguro, y bastó para detenerla por completo. En un solo movimiento la atrajo hacia él, acortando la distancia hasta que Daniela quedó frente a su pecho.
—Daniela… —dijo él con voz grave—. Hicimos el amor en Japón. Te vi desnuda. Probé tu sabor. ¿De verdad piensas que quiero dormir