La semana había terminado cargada de una intensidad difícil de nombrar. No hubo más reproches, ni explicaciones, ni intentos de ponerle palabras a lo que había ocurrido entre ellos. Japón quedó atrás envuelto en reuniones, recorridos interminables por la imprenta y silencios prolongados que decían más que cualquier conversación. Cuando Thomas decidió que era tiempo de regresar a Londres, lo hizo con la misma firmeza con la que tomaba cada decisión importante, aunque por dentro supiera que nada volvería a ser igual.
Daniela estaba en la habitación del hotel, terminando de cerrar la maleta. Doblar la ropa se le hacía torpe; sus manos temblaban levemente y tuvo que presionar con el antebrazo para lograr que el cierre subiera del todo. Cada prenda parecía guardar un recuerdo de esos días, de miradas que se sostenían más de lo debido, de silencios compartidos en ascensores de cristal, de noches en las que el aire se volvía denso solo con la cercanía.
Detrás de ella, Thomas hablaba por telé