A la mañana siguiente, Daniela despertó envuelta en una sensación tibia, densa, extrañamente reconfortante y al mismo tiempo alarmante. Las sábanas estaban revueltas, cargadas del aroma de la noche anterior, y su cuerpo desnudo descansaba apoyado contra un pecho que no necesitaba ver para reconocer. Bastó un segundo de conciencia plena para que la memoria la golpeara con toda su fuerza.
El hotel.
Japón.
La cena.
El vino.
La habitación.
Thomas.
Abrió los ojos con cuidado, como si temiera que incluso el más leve movimiento pudiera confirmar una realidad que aún deseaba negar. El brazo de él rodeaba su cintura con una firmeza posesiva, inconsciente, como si incluso dormido se negara a soltarla. Su respiración era profunda, regular, tranquila, en contraste brutal con el torbellino que comenzaba a formarse en el pecho de Daniela.
Un nudo de vergüenza y confusión le subió por la garganta.
—Dios mío… —murmuró apenas, más para sí misma que para el hombre que dormía a su lado.
Intentó incorpor