El viaje había sido largo y agotador.
Cuando finalmente cruzaron las puertas automáticas del hotel, Daniela sintió el peso del cansancio caerle encima de golpe. El aire del vestíbulo era fresco, perfumado, elegante, y contrastaba con las horas interminables de vuelo que aún parecían adheridas a su cuerpo. Caminó unos pasos detrás de Thomas, arrastrando suavemente la maleta, observando el lugar sin demasiado entusiasmo, con la mente todavía aturdida por el cambio de horario.
Thomas se acercó al mostrador de recepción. Se quitó el abrigo con un movimiento mecánico y apoyó una mano sobre la superficie pulida mientras hablaba con la recepcionista en japonés. Daniela no entendía una sola palabra, pero captó de inmediato el tono formal, preciso, con el que él se desenvolvía. Parecía cómodo allí, como si aquel entorno le perteneciera.
La recepcionista tecleó algo en la computadora, frunció ligeramente el ceño y volvió a hablar. Thomas escuchó con atención, asintió una vez y respondió algo má