El amanecer apenas había empezado a teñir de dorado los ventanales del enorme edificio del Grupo Kan cuando Daniela llegó. El eco de sus pasos resonó en el vestíbulo vacío: a esa hora, ni los pasantes ni los técnicos habían llegado. Solo el aroma a limpieza nocturna y el zumbido lejano de las máquinas en reposo llenaban el silencio.
Empujó la puerta principal con suavidad, y la luz tenue de los focos automáticos la envolvió en cuanto dio los primeros pasos hacia los ascensores. Su cabello aún h