Pero cuando deslizó una mano hasta mi nuca y tiró de mí hasta dejar mi rostro a pocos centímetros del suyo, aquellas reglas parecieron hojas de papel consumiéndose en el fuego.
Y, en ese momento, ella parecía una fruta prohibida y yo estaba hambriento.
«No puedo hacerlo», me dije, aunque mi pulgar ya recorría la línea de su mandíbula.
Pero entonces bajó la mano, me sujetó por la muñeca, apartó mi mano de su cuello y la presionó contra su corazón. Arqueó la espalda y su pequeño top negro se te