Extendí la mano hacia el ratón y activé la pantalla. El monitor cobró vida con un parpadeo y una luz brillante me bañó el rostro.
Entonces lo oí.
Una puerta abriéndose.
El estómago se me tensó antes incluso de que levantara la mirada, porque Raphael salió de su oficina.
Todo a su alrededor pareció cambiar en cuanto apareció. Las conversaciones bajaron de volumen. Los movimientos se volvieron más precisos. Las personas enderezaron la espalda en sus sillas como si unos hilos invisibles hubiera