—Eres muy expresiva —comentó con ligereza.
Extendí la mano hacia la computadora, pero la suya se posó primero sobre la mía. No ejerció mucha fuerza, solo la necesaria para detenerme. La suficiente para recordarme a quién pertenecía aquel espacio.
—No lo hagas —murmuró.
El audio continuó reproduciéndose. Sentía el pecho oprimido, como si no pudiera inhalar suficiente aire.
—Eso no... —Tragué con dificultad—. Eso no tiene gracia.
—¿No? —Inclinó un poco la cabeza y me estudió como si yo fuera