—¡Mierda...! —exclamé.
Tomé un puñado de pañuelos de su escritorio y me incliné sobre él sin pensar. Comencé a secarle el regazo con movimientos rápidos y frenéticos. Presionaba los pañuelos contra sus muslos, intentando absorber el líquido caliente antes de que lo quemara, mientras mi mente gritaba de pánico.
—¡Lo siento mucho! No fue mi intención... Lo siento muchísimo...
Estaba inclinada entre sus piernas, con el rostro a pocos centímetros de su pecho. Mis manos recorrían la tela empapada,