Unos minutos después, la puerta volvió a abrirse y levanté la mirada antes de poder contenerme.
Él salió fresco y limpio, con una toalla en la mano mientras se secaba las últimas gotas de agua del pecho.
La luz del sol que entraba por la ventana incidió sobre su piel y resaltó los contornos firmes de su torso, la tinta de los tatuajes y la definición de sus músculos que parecían casi irreales bajo aquella luz.
Volví a apartar la mirada, pero esta vez lo hice más despacio. Y odié eso. Odié que