Capítulo 83
La tensión en la villa era tan densa que se podía sentir en la piel, como el aire antes de una tormenta eléctrica. Alaric no volvió a la cama; se quedó de pie en la terraza, con el torso desnudo y la mirada perdida en las hogueras que punteaban las colinas. La duda, ese veneno que Valerius había inyectado con su proyección, supuraba en el silencio. No dudaba de la lealtad de Isolde, sino de su propia capacidad para competir con un pasado que él no podía borrar.
Isolde se acercó a él