Capítulo 64: El Eco de las Voces de Piedra
La paz que siguió al festín de miel y harina fue una de esas calmas que parecen tener peso propio. Mientras Isolde dormitaba con la cabeza apoyada en su hombro, Alaric observaba las llamas morir lentamente en la chimenea. Su mente, sin embargo, no lograba entregarse por completo al descanso. Sus dedos, todavía marcados por el roce de la madera y el calor de la cocina, buscaban inconscientemente el pequeño bulto que guardaba bajo su túnica: el diario de