Capítulo 67: El Tejido del Destino y la Tierra Roja
La influencia de las palabras del ermitaño quedó suspendida en el aire de la casa como el aroma del incienso viejo, obligando a Alaric a observar su realidad con ojos nuevos. La primavera avanzaba con una voracidad hermosa; el Valle Rojo ya no solo despertaba, sino que rugía de vida. Las laderas, antes desnudas, se cubrían de un manto de flores carmesíes que parecían alimentarse del hierro de la tierra y del sol que ahora permanecía más tiempo