El aire en el interior de la fortaleza de los Alpes Suizos era de una pureza quirúrgica, carente de los olores humanos que Isolde tanto añoraba: el aroma a café recién hecho, el rastro de la lluvia sobre el asfalto o, por encima de todo, el olor a madera y cuero que emanaba de la piel de Alaric. Mientras caminaba por los pasillos de mármol blanco hacia el gran salón, Isolde se sentía como una extraña en su propia piel. El vestido de seda color medianoche que el Consejo le había obligado a vesti