El Mediterráneo rugía bajo el casco del "Anatolia", pero el estruendo del agua no lograba acallar el silencio sepulcral que había quedado en el camarote. Alaric permanecía de pie, con la nota manchada de sangre apretada en su puño, sintiendo cómo el eco del calor de Isolde se desvanecía de sus sábanas y de su piel. La traición del destino era un sabor amargo en su boca, pero el mensaje de ella, oculto bajo el rastro de su propia vida, era la chispa que evitaba que su alma se apagara por complet