El silencio que siguió a la amenaza del padre de Isolde fue más pesado que la nieve que se acumulaba en los bordes de la ventana rota. Alaric permanecía inmóvil, sintiendo el calor del cuerpo de Isolde contra su costado, pero su mente era un campo de batalla de instintos contradictorios. Ver a Julian y Phoenix —sus hijos, la extensión física de la pasión que lo unía a Isolde— caminando como autómatas bajo la mira de los nulificadores, provocó en su sangre una reacción química cercana a la combu