El asalto a la cabaña se transformó en un borrón de sombras y acero. El fuego, ahora dueño absoluto de la planta inferior, rugía como una bestia hambrienta que devoraba la madera de cedro y los secretos que en ella se ocultaban. Gabriel, con el hombro sangrando y la mente nublada por el dolor y la sospecha, se dejó guiar por la mujer que lo sostenía. Salieron al aire gélido de la noche suiza justo antes de que el techo de la suite colapsara en una lluvia de chispas y ceniza.
El frío los golpeó