El silencio del desierto tras la explosión era más aterrador que el rugido de los motores. Alaric estaba de rodillas sobre la arena ardiente, con el cuerpo de Isolde entre sus brazos. La luz plateada que solía emanar de ella se había desvanecido, dejando paso a una palidez de mármol que le desgarraba el pecho. El helicóptero del Círculo era solo una pira lejana en el horizonte, pero para Alaric, el mundo se había reducido a esos pocos metros cuadrados de dunas donde el corazón de su esposa se n