El aire en el dormitorio principal del oasis de Siwa estaba cargado de una quietud densa, casi eléctrica. Tras la sesión en el sótano, el cuerpo de Isolde se había convertido en un receptor de una sensibilidad insoportable. Y para Alaric, el hombre que la amaba con una intensidad que rozaba la obsesión, esa fragilidad era su mayor prueba de fuego.
Alaric se encontraba de pie junto al balcón, con la camisa abierta y la mirada perdida en las dunas plateadas por la luna, pero cada fibra de su ser