El sonido de la trampilla de madera abriéndose fue como el estallido de un mundo rompiéndose, pero para Isolde, fue el primer latido de una vida que creía detenida. No necesitó ver a Alaric para saber que había regresado; el vínculo de sangre que ahora corría por sus venas, ese destilado ámbar y carmesí que el Dr. Aris le había obligado a ingerir, pulsó con una violencia eléctrica en su pecho. Sintió el frío de la lluvia de Alejandría antes de que la primera gota cayera de la chaqueta de cuero