El sótano de la tienda de antigüedades se había transformado en un ecosistema de vibraciones invisibles que solo Isolde, tras ingerir aquel destilado de esencia vital, era capaz de descodificar. El aire ya no era simplemente aire; era un conductor de pulsos, una red de filamentos rojos y plateados que la unían a Alaric a través de los kilómetros de piedra, polvo y miseria de Alejandría. Se encontraba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la base de la cuna de Phoenix, pero su mente no