El silencio que siguió a la partida de Alaric en el sótano del Dr. Aris no era una ausencia de sonido, sino una presencia física, pesada y sofocante, que parecía apretar las paredes de piedra contra el pecho de Isolde. Ella permaneció de pie frente a la trampilla de madera por la que él había desaparecido, con la yema de los dedos aún rozando la superficie áspera y fría, como si pudiera retener el calor de su mano a través de las fibras del roble. El eco de sus últimas palabras, ese "te amo" qu