El sótano se hundió en una penumbra todavía más densa, rota únicamente por la luz oscilante de una lámpara de aceite y el brillo gélido de los instrumentos de acero que el Dr. Aris desplegaba sobre una bandeja de plata empañada. El silencio era tan absoluto que Isolde podía escuchar el fluir de la sangre en sus propios oídos, un ritmo apresurado que contrastaba con la calma pétrea que Alaric intentaba proyectar. Sin embargo, ella conocía cada rincón de su cuerpo, cada sutil cambio en su postura