El amanecer en Alejandría no trajo consigo la claridad, sino una luz turbia y polvorienta que se filtraba por las pequeñas claraboyas del sótano, dibujando senderos de motas de polvo que bailaban sobre la mesa de piedra donde Alaric aún intentaba recuperar sus fuerzas. El aire estaba viciado, impregnado del olor a ozono del procedimiento médico, pero sobre todo del rastro embriagador del encuentro carnal y emocional que había tenido lugar entre las sombras. Isolde estaba arrodillada junto a él,