El MS Antares se mecía con una pesadez rítmica, como si el propio océano estuviera respirando bajo su casco de acero. Dentro del camarote, el tiempo había dejado de ser una secuencia de segundos para convertirse en una atmósfera densa, cargada de una intimidad que dolía. Isolde permanecía en silencio, con la cabeza apoyada en el pecho de Alaric, escuchando el latido de su corazón. Era un sonido constante, una percusión vital que le recordaba que, a pesar del fuego de Positano y del humo de las