El pasillo del hospital St. Jude olía a una mezcla aséptica de cera para suelos, café quemado y el rastro metálico, casi dulce, de la sangre que aún empapaba la ropa de Isolde. Era un olor que se le quedaba pegado a la garganta, una textura física que le recordaba que el mundo de ensueño de Venecia había quedado sepultado bajo capas de realidad bruta y supervivencia. Sentada en una silla de plástico rígido, con Julian profundamente dormido en su regazo, Isolde se sentía como una estatua de márm