La camioneta se adentró en las arterias secundarias de Virginia, donde la niebla de los Apalaches se volvía una mortaja que devoraba la luz de los faros. El silencio en el interior del vehículo era una entidad viva, interrumpida solo por el rítmico siseo de la pequeña unidad de oxígeno que asistía a Julian y la respiración errática de Alaric, que descansaba con la cabeza en el regazo de Isolde. Ella recorría con sus dedos las sienes de él, sintiendo la fiebre que emanaba de su piel como el calo