La luz de la mañana en Virginia entró por la ventana de la habitación del hospital con una timidez que contrastaba con la violencia de las últimas horas. Alaric estaba pálido, casi fundido con las sábanas blancas, pero el brillo en sus ojos grises había regresado, una llama pequeña pero obstinada que se negaba a extinguirse. Isolde sentía el peso del mundo sobre sus hombros, pero también una ligereza nueva: la verdad, por fin, estaba fuera de las sombras. El "prodigio" en su vientre se había ca