El sumergible se deslizaba por las gélidas profundidades del canal con un zumbido apenas perceptible, un eco metálico que parecía el latido de un corazón artificial. Dentro, el aire era escaso y viciado, cargado con el olor a neopreno, desinfectante médico y el miedo que emanaba de los poros de Isolde. Ella mantenía a Julian apretado contra su pecho, sintiendo la debilidad del niño, pero también una nueva y extraña vibración en su propio cuerpo: la conciencia de que, en algún lugar de su vientr