El viaje a través de las venas de asfalto de los Apalaches se sentía como una huida hacia el fin del mundo, pero para Isolde, cada kilómetro recorrido era una contradicción de dolor y esperanza. En el asiento trasero, Julian descansaba con la cabeza apoyada en el regazo de la Dra. Sterling, su respiración era un silbido tenue que marcaba el ritmo de la angustia de su madre. Isolde, sin embargo, no podía apartar la vista del horizonte oscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos.