El búnker se convirtió en un microcosmos de supervivencia donde el oxígeno parecía tener un sabor metálico, filtrado por las máquinas que zumbaban en las esquinas de la estancia. Isolde observó a Alaric mientras él intentaba recuperar el aliento apoyado contra la pared de hormigón. El conocimiento de su enfermedad, esa sentencia de muerte silenciosa que ella acababa de descubrir en los archivos, transformaba cada uno de sus movimientos en un acto de heroísmo trágico. Ya no veía al hombre arroga