Las 8:50 a.m. llegó como un verdugo.
Valeria estaba de pie en la sala, con el supervisor del Estado sentado en el sofá tomando notas. Los niños desayunaban en silencio en la cocina, conscientes de que algo grave pasaba. Lucas no había soltado la mano de Mateo desde que se levantó.
Diego bajó las escaleras con traje oscuro, el rostro marcado por la falta de sueño. Se acercó a Valeria, la tomó por la cintura y la besó con fuerza, sin importarle que el supervisor estuviera presente.
— Vamos a gana