Lia se fue un domingo por la mañana, sin avisar, sin hacer ruido.
Tenía setenta y cuatro años. Se despertó temprano, como siempre, preparó café y salió a la terraza a ver el amanecer. Se sentó en su silla favorita bajo el flamboyán, con una manta sobre las piernas, y se quedó mirando el mar.
Cuando Mateo bajó a las siete y media, la encontró allí. Con los ojos cerrados y una sonrisa tranquila en los labios. El café en su taza todavía estaba tibio.
Se había ido en paz, viendo el mar que tanto am