Tres años habían transcurrido desde la llegada definitiva de Daniela a la casa frente al mar. A sus veintiocho años, ya no era la joven nerviosa que apareció con una maleta pequeña. Ahora era una ilustradora reconocida en Santo Domingo, trabajaba desde una pequeña oficina que Mateo le había ayudado a construir junto a la pérgola, y sus dibujos del mar y la familia se vendían en galerías locales.
Lia, con setenta y dos años, ya no caminaba tanto por la playa. Sus rodillas ya no se lo