La luz de la mañana entraba suavemente por las cortinas cuando Greta abrió los ojos.
Por un instante no supo dónde estaba… hasta que sintió un brazo fuerte rodeando su cintura, un pecho cálido contra su espalda y una respiración profunda rozándole el cuello.
Theo.
Y entonces los recuerdos de la noche anterior florecieron como fuego sobre su piel.
Greta se sonrojó violentamente. "Diosa… lo hicimos", susurró en su mente. Su corazón golpeó fuerte en su pecho mientras intentaba moverse sin despertar al Alfa.
Pero en cuanto deslizó un centímetro, Theo murmuró con voz dormida, ronca, cálida:
—¿Dónde crees que vas…? —y la atrajo más contra él como si fuera un peluche que pensaba reclamar para siempre.
—Theo… —susurró Greta, sintiéndose arder— Tengo que… levantarme…
—Mmm… no. —Él escondió el rostro en su cuello y la besó ahí, suave, lento, como si todavía estuviera soñando.— Quédate así… un momento más.
Greta se quedó tiesa, los nervios recorriéndole el cuerpo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él