Greta caminó junto a Theo hacia el comedor, aún con esa mezcla imposible de vergüenza y felicidad recorriéndole todo el cuerpo.
Cada paso la hacía consciente de la marca en su cuello… ardiente, reciente, perfecta.
Y de la marca que ella había dejado en Theo.
Cuando entraron, el Alfa Alaric —sentado a la cabecera, leyendo unos documentos— levantó la vista.
Sus ojos se posaron en los dos… y luego descendieron directo a sus cuellos marcados.
Una sonrisa amplia cruzó su rostro.
—Vaya, vaya… —dijo d