El espejo le devolvía un reflejo que Greta no reconocía.
Un vestido blanco, sencillo pero imponente.
Un peinado alto con rizos cayendo sobre su cuello.
Y unos ojos celestes… que se negaban a aceptar lo que estaba a punto de pasar.
Greta tragó saliva, sus dedos temblando sobre el ramo de rosas amarillas.
—Bark… —susurró— ¿de verdad tengo que hacerlo?
La voz de su lobo fue suave, casi triste.
—Es un trato que tú misma hiciste, pequeña.
Y lamento ser la razón de tu sacrificio.
Greta cerró los ojos.
—Yo haría cualquier cosa por no perderte, Bark. Eres… mi otra mitad. Te amo con mi alma.
Bark ronroneó en su mente, protector.
—Yo también te amo, Greta.
Vamos… tú puedes.
Es Theo… y sé que lo amas, aunque te mate admitirlo.
Hoy solo… disfruta el día.
Antes de que pudiera responder, tocaron la puerta.
Greta se tensó.
El recuerdo de Eduard todavía ardía en su piel y en su mente.
Respiró hondo, abrió… y dos guerreros enormes estaban allí, haciendo una reverencia.
—Mi señora —dijeron al unísono—