La luz suave de la mañana entraba por la ventana de la clínica, cálida y tranquila, tan distinta al caos de la noche anterior.
Greta abrió los ojos de golpe, su respiración entrecortada. Había soñado o recordado demasiado. Sus manos temblaban y su corazón latía frenético, los recuerdos que Greta había querido enterrar estaban volviendo y eso la tenía mal.
El olor de Theo aún impregnaba la cama.
Pino, tierra mojada, el aroma que siempre había amado desde niña.
El aroma que había congelado a propósito para no sentir nunca más.
Ella se incorporó rápido, apartándose del lugar donde él había dormido, donde él la había sostenido toda la noche sin moverse.
La puerta se abrió.
Hans entró con una bandeja llena de comida.
—Buenos días, hermanita —dijo con una sonrisa suave, aunque sus ojos aún mostraban preocupación—. Te traje desayuno. Carne asada, arroz, verduras… como a ti te gusta.
Greta inspiró profundo.
—¿Y Theo? —murmuró, mirando sin querer hacia la puerta.
Hans dejó la bandeja en la mes