La puerta de la clínica se abrió, y el aroma a pino y tierra mojada llenó la habitación antes de que él apareciera.
Theo entró con pasos firmes, la expresión pétrea.
—Hola, Greta. —Su voz sonaba fría, distante—. ¿Cómo te sientes?
Ella levantó la barbilla.
—Bien. Ya estoy recuperada.
—Qué bueno. Vine por ti —respondió él, sin un atisbo de emoción.
Greta frunció el ceño.
—No era necesario.
—Sí lo es. —Theo tomó su bolso sin pedir permiso, se lo colgó al hombro y giró hacia la puerta—. Se supone q