La clínica estaba envuelta en un silencio espeso, roto solo por el leve sonido de los monitores y la respiración irregular de Greta. Theo no la había soltado ni un segundo; seguía sentado en la camilla con ella sobre sus brazos, como si temiera que al soltarla algo malo le pasara.
Afuera, pasos pesados retumbaron en el pasillo.
Un aura familiar, furiosa, entró como una tormenta.
Baltazar irrumpió en la sala.
—¡Greta! —bramó—. ¡Una vez más, escapaste! ¡Por tu culpa la boda no se hizo!
Theo levan