La clínica estaba envuelta en un silencio espeso, roto solo por el leve sonido de los monitores y la respiración irregular de Greta. Theo no la había soltado ni un segundo; seguía sentado en la camilla con ella sobre sus brazos, como si temiera que al soltarla algo malo le pasara.
Afuera, pasos pesados retumbaron en el pasillo.
Un aura familiar, furiosa, entró como una tormenta.
Baltazar irrumpió en la sala.
—¡Greta! —bramó—. ¡Una vez más, escapaste! ¡Por tu culpa la boda no se hizo!
Theo levantó la vista despacio.
Muy despacio.
Su mirada era un filo.
—O sales de aquí —dijo con voz baja, peligrosa— o de verdad haré que Hans sea Alfa por la muerte de su padre.
Baltazar se detuvo en seco.
—No te atrevas, muchacho. ¡Tú, el Alfa más poderoso del continente, sucumbes ante los caprichos de esta muchacha insolente!
Theo apretó la mandíbula.
—No tienes idea de lo que hablas, Baltazar.
Greta se movió débilmente en sus brazos.
Theo la sostuvo con más cuidado, pero no la soltó.
Ella se incorp