La clínica estaba en silencio cuando Greta volvió a respirar hondo por primera vez.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente: un dolor suave en el labio, un ardor en la mejilla, un peso tibio bajo su cabeza.
Abrió los ojos.
Lo primero que vio fue piel.
Piel caliente, firme, marcada por la tensión.
Lo segundo… fue una voz baja, ronca, quebrada.
—Greta… —susurró Theo, demasiado cerca—. Por favor, despierta.
Ella parpadeó, confundida.
Su visión se aclaró.
Y ahí estaba él.
Theo no estaba sentado en una silla.
Ni apartado.
Ni siquiera recostado a un lado de la cama.
No.
La tenía en brazos.
Sentada en su regazo.
Envuelta en su pecho como si fuera lo más preciado que había sostenido en la vida.
Greta intentó moverse, pero el mundo le dio vueltas.
—No te atrevas —dijo Theo, apretándola un poco más—. No te voy a soltar
Ella tragó saliva, la voz apenas un susurro.
—T-Theo… suéltame. Estoy bien.
—No —respondió él sin dudar.
Era una palabra simple, pero su voz tenía el peso de un juramento.
Greta f